Sucre
     
La fiebre de las mochilas
Por: Luis Reynolds [Informatico]

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Antes de ahora imperaba en Bolivia la “calma chicha”, como diría un socialista del siglo XXI. Ya de por sí parecía rara la discreción de la escolaridad, aun llevando a cuestas el “modelo educativo socio comunitario productivo”. Los descontentos ya no salen a las calles, es de suponer que perciben mejor salario. Pero a veces la rebelión tiene otros motivos, como la parda uniformidad de la masa burocrática.

No hay líderes, menos en la política. De ahí que se piense en la escuela; allí debe empezar la formación de los nuevos ciudadanos que precisa el país. En los centros escolares no debe hacerse nada que no sea educativo. Los niños y los jóvenes tienen su mente abierta al mundo y a la vida. Por eso todo lo que le rodea tiene una significación implícitamente pedagógica. Los discursos y otras prédicas no son nada si la conducta no condice con lo que se pregona. Eso de educar con el ejemplo es una convicción antigua; pero también hay lecciones nunca aprendidas, así sean de lejana procedencia en el tiempo. Hoy en día transita por nuestra vereda un monstruo llamado “corrupción”. Nos está tocando ya las puertas, y es también antiguo.

Cada gobierno toma la posta supuestamente para luchar contra ella, pero termina incrementando la lista negra. Esa lacra suele afianzarse en la casa, en la escuela, en la calle, en todas partes. Claro que estamos hablando de un hecho global. Las excepciones son respetables y quedan fuera de este comentario. Pero en el ambiente flota el mal, por lo que ningún esfuerzo aislado será suficiente ni eficaz para erradicarlo. Como decíamos, había un silencio sospechoso. ¡Más de un decenio sin estridencias! Pero de pronto salta a la intemperie pública el escándalo de las mochilas.

A varios alcaldes se les ocurrió ser obsequiosos con los niños. Sin embargo, no es suficiente el gesto. También hay que demostrar que la generosidad es limpia, lejos de cualquier sospecha de corrupción. Las autoridades deben esclarecer las denuncias. Y desde luego, mientras no se establezca la culpabilidad, los acusados son inocentes, como manda la ley. En todo caso, es preciso que las instituciones tengan en su estructura organizativa un conjunto de normas y mecanismos que eviten la comisión del delito; que para el potencial corrupto no sea fácil caer en la tentación. Y en especial allí donde hay niños y jóvenes es necesario observar el mayor cuidado posible.

Quizá ellos no digan nada, pero ven lo que sucede en su entorno y recogen en silencio la lección viva del mal o del bien. En otras palabras, es preciso combatir la corrupción donde se la encuentre, donde se sospecha que existe. Como otros ya señalaron, ese mal no tiene patria, no tiene partido; tampoco fronteras ni ideología, por eso es más peligroso. En las escuelas y colegios hay que “poner de moda otra vez la virtud”, como decía un respetable patricio de antaño.

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